17 de noviembre de 2009

Un soneto para joder a unos cuantos

Un soneto me manda hacer Roberta
parecido al que Lope hizo a Violante,
y en el primer cuarteto este ignorante
que suscribe se larga por la puerta

de atrás. Bueno. El segundo es una oferta
que puedo rechazar más adelante
si resulta ripioso, o bien pedante,
o si la lengua ya me sale muerta.

Si en algo son mejores los tercetos
es que son cortos, y la rima incluso
la puedes colocar a tu manera.

Nadie sabe hoy de ritmos, y estos retos
Jesús, van decayendo y en desuso:
Muerta la rabia se acabó la fiera.


urceloy / 2009

5 de noviembre de 2009

Memento mori

Se nos muere José Luis López Vázquez, y se nos muere mal, en un tiempo en que ninguna televisión programa sus películas y sólo una panda de desmemoriados comenzamos en los bares a recordar y recordar y a sentirnos un poco huérfanos, más huérfanos, definitivamente huérfanos trágicos, con esa puta mierda de medios de difusión, que, si hubiera ocurrido - estoy seguro- en otro país, hubieran parado televisiones, hubieran sacado reportajes, y alcaldes y ministros, con el traje a media asta, recorrerían las calles tras el féretro al son de solemnes terceras de Beethoven o con la banda sonora de "Novio a la vista". Pero no.

Se nos muere Ayala, con sus 103 años que le catalogan como nuestro escritor más longevo, récord que mantiene desde hace años y que tal vez, no, seguro, que por eso se le recuerda y desgraciadamente se le ha ido premiando, porque en este país de mierda sólo se premia al que resiste en edad y no en pensamiento, juventud y ganas.

Se muere Levi-Strauus y muchos andan llorando por la marca de pantalones.

Ha muerto también el padre de Pollux Hernúñez, amigo epistolar y de sabiduría generosa. Y ha muerto Nazareth, madre de David G. Panadero, con la que me unía una complicidad de la que su hijo no era exento, pero en cuya mirada siempre cupo la alegre ironía sin maldad de sus palabras.

Os lloro en silencio, os recuerdo.

Y te recuerdo siempre, a diario, amigo Julio César Navarro, poeta grande, hombre de paz y generoso, y me hubiera gustado tenerte, en estos días de falsedad y vanas palabras, en estos días sin alma y de adoración al dios dinero, a ese puto dios culo. Me hubiera gustado tenerte cerca, pues estoy absolutamente seguro que no sólo hubieras levantado tu palabra en el foro inquieto, sino que te hubieras unido a mi, brazo con brazo, dando ejemplo más allá del gesto vacío, para caminar juntos, fuera de toda sumisión, vagancia, laxitud o cobardía.

Aunque las palabras se escondan en el humo.

20 de octubre de 2009

Españoles por el mundo



Son guapos, o parecido. Son estupendos, o parecido. Todos proceden de familias guapas, o parecido. Los que no curran en un trabajo guay tienen una beca guay, o parecido. Todos se divierten mucho, o parecido. Lloran cuando ven el ocaso frente al mar, o parecido. Algunos incluso a secas, o parecido. Todos cobran en euros, lo que comparado con la moneda del país es la rehostia, o parecido. Se ríen mucho, o parecido. Les va bien, o parecido. Ninguno friega escaleras, o parecido. Ninguno brega en la cárcel sus tripas ni sus culos, o parecido. Todos echan de menos a saber y por este orden, las tapas los domingos, las noches hasta las tantas con los colegas, el rastro, la tortilla de patata y los toros, o parecido. Los solteros no lo dicen pero follan como burros, o parecido. Los casados tampoco lo dicen porque su pareja puede estar viendo el programa, pero follan poco en casa, o parecido. Pero se ponen hasta la bola, o parecido. Como a todos les va de puta madre o parecido ninguno piensa regresar en breve o parecido, e incluso una buena parte ha decidido que se quedan por allí o parecido. No dicen que os den por el culo pero lo piensan o parecido. Todos, sin excepción, llevan haciendo lo mismo desde hace 500 años, o parecido. Se van, medran, se lo fuman todo, y a la tercera generación se lo siguen fumado todo pero ya desde el recuerdo de la madre patria, o parecido. Me dan asco, un profundo asco, o parecido. Son los del chiste van un inglés, un francés y un español o parecido. Quisiera que esos programas no existieran o parecido. Y en el fondo soy también ellos, y me jode, me jode mucho, sin parecidos.

9 de septiembre de 2009

Cuentos de verano y X. La recursividad



El hombre, de pie sobre la colina, miró a la plebe y clamó:
Si de miedo y pena se visten las veredas en la fría hora que precede al alba ¿ha de dormir el dios en un lecho de piedras?
La masa que aullaba enardecida siguió saltando y profiriendo gemidos animales.
Si atroz mienten al mártir, si de hombros fabrica su sendero, ¿debe el hombre morir dilapidado?
El hombre alzaba las manos, en ellas un cayado, mientras la multitud se movía como un cuerpo epiléptico.
Si de hambre se nutre el novonato ¿ambos deben rendir su recio cuello al castigo?
No cabía mayor felicidad que la del día de Ut.
Todos se quedaron quietos, silenciosos bajo el sudor que empapaba la tierra.
El hombre volvió a hablar:
Ambos, el dios y el hombre, padre e hijo, hombre y hembra, vacilaron y su paso dejó una huella que confundió el camino de sus vástagos.
Nadie se movió.
Su castigo es el nuestro.
Su final nuestro comienzo.
Su error, nuestra gloria.
Ella miró a su izquierda y sobre el hombro de su acompañante.
Menos mal que no hay ningún hombre en la colina, le dijo.

Algunos poemas casi tristes 1

SONETO DESNUDO PARA ELLA

porque me vienen grandes los zapatos
porque me agreden las mañanas frías
porque me gusta desnudarla a ratos
y verla cómo duerme algunos días

porque quiere cambiarme los retratos
poner en orden las estanterías
y ocultar sin tardanza algunos datos
que endulzan poco nuestras biografías

porque no sirve ya la lavadora
porque hay tantos sombreros como abrigos
porque en áfrica aún quedan elefantes

porque me besa cuando da la aurora
y me cuelga si quedo con amigos
porque existe un después después del antes


urceloy / julio de 2009

28 de agosto de 2009

Cuentos de verano IX. La final


Para Pochi Huerta, con toda mi admiración y cariño.



Estaba por acabarse el partido y el empate persistía. No había manera, los del otro equipo eran gente esforzada y qué coño, jugaban bien, tan bien o mejor que ellos. Eran gente dura, que ya había demostrado su valor, su inteligencia, su eficacia cuando en el partido de ida les habían goleado. Sí, fue un exceso de confianza, pero habían aprendido de ello, sabían muy bien cómo se las jugaba el otro, los hombres que había qué marcar, la técnica depurada de sus delanteros, la férrea disciplina de los defensas, la inteligencia de los medios, la agilidad y el carisma del portero. Y su entrenador. Aquel viejo campeón.

Estaba por acabarse el partido y parecía que nada iba a funcionar ya. ¿Cuántas jugadas habría tiempo de hacer, dos, tres a lo sumo? Muy pocas. Tal vez luchando por la posesión del balón, jugándose el tipo con pases cortos, no arriesgando demasiado. Quizá adelantando la defensa y con suerte hacerles creer un pase en profundidad por la izquierda, que parecía su flanco débil y arriesgar a un hombre por la derecha que recibiera bien de lejos. Sí, esa era la solución. Alguien con los nervios bien templados, que no disparase a lo loco, que supiese esperar ese desmarque, ese tiro largo, y lo recibiera, y dejase amansar el esférico con suavidad, que supiese lanzar con fuerza y precisión a los límites casi imposibles de la escuadra.

Estaba por acabarse el partido y Pochi miró a su entrenador de nuevo. Nada, aquel hijo de puta no le prestaba atención. Sácame ya, cabrón, sácame. Yo podría hacerlo. Pero el entrenador seguía dando voces, haciendo borrones en el puto pizarrín, consultando con todos menos con él. Sácame, cabrón, sácame. Hoy tenía que haber jugado de titular. Me lo prometiste, me lo juraste, cabronazo. Me he tirado media liga chupando banquillo, he sudado como el que más, me sé de memoria todas las jugadas, sé cuáles son las posiciones, he sido el primero en todos los entrenamientos. Con lluvia, con barro, con nieve, con un sol de justicia. Me lo has jurado, me lo has jurado, imbécil, tengo a toda mi familia en el graderío. Hasta ha venido Jesús, que no le va esto del fútbol. Si supieras lo que me ha costado convencerle.

Estaba por acabarse el partido y todo se iba a ir al carajo. Había que ganar, por la mínima, por un solo gol, y aquellos tres puntos les darían la victoria, sin contemplaciones, o al uno o al otro. Sólo podía haber un vencedor. Uno sólo. La gloria no se comparte. Un empate les daba el título a los otros, por el gol average, por haberse dejado golear de aquella manera infantil en el partido de ida. Y Pochi sabía que desde aquel momento el entrenador le había cogido tirria, le echaba la culpa de aquel fracaso. Sabes que no fue culpa mía, idiota, que también me sacaste cuando ya no había posibilidades. ¿Qué podía haber hecho yo? No vas diciendo que once son once, que somos una piña, que la victoria o la derrota no es de quien marca o quien encaja, sino del equipo entero, hasta de los masajistas? Eres un canalla, me has tenido en el dique seco toda la temporada, y ahora vamos a perder, idiota, vamos a perder, como tantas otras veces.

Estaba por acabarse el partido y ya no quedaba tiempo y entonces consiguieron una falta a favor. Desde la banda derecha, muy próximo al banderín de córner. Todos se levantaron del banquillo. Aquella era la última oportunidad, el entrenador levantó el brazo hacia el árbitro y por primera vez en todo el partido, en toda aquella final de mierda, en toda aquella odisea de gestos rotos, miró a su izquierda, al último de los hombres del banquillo.

Estaba por acabarse el partido y el entrenador le miró a los ojos. Pochi aguantó aquella mirada, arrogante y terca y supo que había llegado el momento, que en aquella mirada se acababan los reproches, las desidias, las esperas. Que en aquella mirada no sólo cabían las palabras de los vestuarios, los olvidos de todo aquel año de ligas y minutos incompletos, que las cartas estaban echadas, que en aquella mirada no sólo estaba la mirada de toda la afición, los socios, sino que también estaban los ojos de su padre, de su madre, de su hermana, de sus abuelos. Pochi sabía que en esa mirada también estaba él, años después, cuando le tocase a él mismo dar la oportunidad a otro Pochi futuro. Cerró los ojos.

Con tranquilidad se levantó, mostró sus botas y el dorsal a los árbitros, chocó las palmas del compañero que se retiraba. De cuatro zancadas ya estaba allí, cerca del punto de penalti.


Urceloy / Agosto de 2008

24 de agosto de 2009

Cuentos de verano VIII. La ultimidad




No te quedes ahí callado como un gaznápiro, estás muy equivocado. La vida es hermosa por donde la mires, es solo actitud, pero no es verdad. La vida es la vida y todas acaban en la muerte. La gente siempre cree que hay tiempo para esas cosas, pero no es verdad. La vida es corta. Ayer un hombre frenó justo delante de mis rodillas, le dije que era estulto y me miró como si se arrepintiera de haber frenado. Podría haber muerto sabes pero no es verdad, la vida sigue, y yo también lucho por ti. Y tú siempre venga a improvisar, a dejarlo todo para el final, fumando porros en el sofá todo el estúpido día como si estuvieras en un verdadero apuro y no te pasa nada. No te ha pasado nada nunca, lo que pasa es que eres un necio y crees que las cosas se van a solucionar solas y no es verdad, la vida se planifica tanto que incluso pensamos en cómo será nuestra muerte. Crees que así te mantienes igual a ti mismo y eso no es verdad. La vida es cambio, fluctuación y no esa mirada majadera con la que cambias de canal. ¿Sabes? Dicen que la vida es corta, pero eso no es verdad. La vida es larga para quien consigue vivir pequeñas felicidades. Pequeñas. Ya sabes, unos buenos días, un abrazo imprevisto, un detalle, un anillo de oro, yo qué sé. La vida no es así, no es verdad, sigue y el tiempo no va a parar. Hay quien se pasa toda la vida hablando mal de la vida y a esto no hay derecho. La vida es amarga, pero hay en ella dulzura capaz de hacer que valga la pena. Puedo decir que no me importa, pero no es verdad. La vida de un actor, de un cantante, de un artista, depende de la gente, ya no puedo renunciar a la gente ¿lo entiendes? Hay muchos que creen que cuando el cuerpo se acaba, la vida también se acaba, esto no es verdad, la vida es indestructible, tiene sus etapas, la vida no es normal, puede verse como un río, en efecto, pero nunca es lo suficientemente largo, y tampoco es un cuento de hadas. Es un mundo de cambios donde quien intenta con perseverancia conseguir su objetivo al final seguro que lo logra. Sabemos lo que está pasando, lo que va a pasar, la vida merece la pena porque si no no estaríamos tantos en este mundo viviendo. Así que no me vengas con cuchufletas de que ya no soy lo que era, no es verdad, el poeta decía La vida es dura lucha / la paz no existe, / y la inquietud es mucha. Es verdad. La vida moderna ha dado un aspecto exterior a las gentes que no se corresponde con la realidad, pero en el fondo por dentro todos estamos un poco vivos. Así que no me vengas más con que la vida es un chiste, vale que la vida no es normal, pero no puedes decir que la vida no sea verdad. Porque es verdad, pero no es verdad. La vida es como un irse todo el tiempo, ¿me sigues?
Pues ahí te dejo la cena, majo, y hasta nunca.

21 de agosto de 2009

Cuentos de verano VII. La definitivez




La muerte llega a media tarde, el café no había hervido todavía y el hielo vertido en el vaso recién se ha quebrado como una sonrisa y ahora silba como un niño sin los dientes frontales. Está de pie frente a la cafetera cuyo aspecto es muy malo desde que la metió en el lavavajillas. Salió de allí como del mar con manchas salinas que no se iban, la goma deteriorada cerrando mal pero hacía café y no sabía gastarse los diez euros apenas que vale comprar una nueva.
No parece que la sorprendiera, había dormido muy poco ese día y habría aceptado además de la muerte por ejemplo la segunda venida a los alien la verdad si es que alguno de estos fantasmas se hubiera manifestado en la cocina donde ya sí, por fin, empezaba a hervir el café y a salirse por las junturas calcificadas de la cafetera. Siguió lo mismo mirando el vapor de café silbante que escapaba por el pitorro y las gotas que la goma deteriorada dejaba escapar por la articulación de las dos piezas, la de arriba y la de abajo. Las gotas caen al hornillo eléctrico y se quedan redondamente vibrantes muy quietas haciendo un ruido como serpentino o se desplazan rápidamente huyendo del calor movidas por su urgencia cafetil hasta reventarse y dejar una mancha marrón sobre el metal, como un disparo a bocajarro junto a una pared, reciente.
Se secará y la costra va a ser difícil de limpiar, pero nada está demasiado limpio en la casa, así que tampoco le preocupa ahora que ha llegado la muerte a la cocina una mancha de café más o menos entre los fogones.
La siente en las piernas que tiemblan momentáneas y asciende por las rodillas hasta el estómago. Allí una incierta inquietud la asalta, brinca a los brazos y los hombros hasta agarrotarle el cuello y tiene tiempo para pensar en la cita, no querría posponerla, así que hace fuerza con los párpados y la expulsa hacia la cafetera que empieza a sangrar con mayor tenacidad su plasma denso y oscuro por la herida en la cintura. Durante un segundo parece mirarnos.
Al principio confunde la sensación en el estómago con las ganas de defecar que siempre le provoca el olor de café recién hecho. Y el temblor de piernas con la agitada noche y el corto sueño, el cambio horario. Pero es una gorda de casi sesenta años y apenas puede moverse, pasa de perfil por las puertas, cuando camina da la impresión de que cada paso ignora el paso anterior o el siguiente. Ella a veces piensa que desde un punto de vista decrecionista su gordura se encuadraría en la categoría de lo amoral, sobre todo cuando ve a esos niños desnutridos que no le provocan ninguna emoción identificable, entonces, deja el telediario para los flacos y dedica unos minutos a levantarse del sofá antes de hacerse la merienda.
La segunda acometida es más fuerte y la desestabiliza. Trata de agarrarse a la encimera pero se le cierran vacíos los dedos mientras golpea el cubo de cabeza. Al principio no sabe, luego recuerda. Se queda sollozando entre basura, silba el vapor, se derrama el café, ahora sí seguro, nos mira.

19 de agosto de 2009

Cuentos de Verano VI. La familia


Iban empujando la mierda del coche cuesta arriba el padre sudando como una bestia el niño mayor quejándose y sin decir palabra la hermana que se le salía el zapato la madre con el chiquillo a cuestas que no paraba de llorar. Iban cuesta arriba y la pendiente que no dejaba de ser pendiente no se le veía el final y solo faltaría decía la mujer solo faltaría que se pusiese a llover ahora sí sólo faltaría eso decía el padre con lo ceniza que eres siempre pensando lo peor cenizo tú quien te mandaría meterte por ese camino a mi me dijeron que por ahí se atajaba a ti nadie de dijo nada eres un idiota y tu una mema y no me pongas no me pongas tengamos la fiesta en paz. Iban así y el niño lloraba y lloraba y a la hermana se le cayo definitivamente el zapato esperadme esperadme que se me ha caído no podemos parar que vaya tu hermano anda chaval echa una carrera y que vaya ella que ya es mayorcita no que voy yo me cago en todo que se vayan los dos que yo ya puedo me cago en todo quien me mandaría a mi eso quien coño te mandaría no podemos parar ahora un último esfuerzo que casi llegamos venga ya recogerás ese zapato luego. Iban ya llegando y la nube se les puso encima negra muy negra y a la tercera gota el niño que parecía haberse callado comenzó de nuevo a llorar y no había manera de callarlo ya llegamos un esfuerzo último me duele mucho el pie es la última vez que vengo con vosotros mis amigos tus amigos te los vas a meter por el culo tu no eres mi padre yo te voy a decir ahora quién es tu padre en cuando paremos me lo dices que te voy a dar dos hostias tú a mi niño no le toques yo a tu niño yo a tu niño tú aquí te callas ahora mismo te lo digo que ya vamos a llegar. Iban con el agua chorreando empujando el coche de mierda el niño que lloraba el hijo con los ojos cerrados la hermana cojeando la madre con una mano el padre jodido el nubarrón sudando con miedo con lástima con odio cuando llegaron a lo alto de la carretera. Iban así y vieron que al fin se hacía cuesta abajo y entraron todos en el coche primero la hermana que se encogió detrás luego el hermano con la cabeza baja después la madre con el niño en el regazo mirando ventanilla afuera y el padre que no que os esperáis un poco que ahora me toca a mi mear. Iba el hombre a mear estaba ya meando cuando la mierda del coche empezó a irse lentamente después un poco más cada vez mucho más rápido y oía los gritos y cuando se volvió el coche ya tomaba una curva no no la tomaba desaparecía en aquella curva barranco abajo. Iba el hombre a decir algo a correr a gritar a correr detrás y en vez de eso se sentó en el arcén y no llovía y del fondo del barranco llegaban ruidos y humo y se puso a reír como un loco a reír como nunca había reído como un loco por el suelo rodando llenándose de polvo riendo como un loco sentándose de nuevo buscando un cigarrillo en la camisa como un loco y se le caían todos no lograba encender ninguno riendo y decía llorando vaya mierda vaya mierda vaya mierda de coche.


Urceloy / agosto de 2009

9 de agosto de 2009

Cuentos de Verano V. El círculo



Estaban los peces tan revueltos que los hombres, a saltos, a cuatro patas, desgarbados y sucios, no podían acabar la faena. El patrón, desgañitado, desde la amura de babor, pensaba si la cosa era por no haberles echado antes la bendición de San Telmo, que tanto calma las aguas del mar, como a sus resbaladizos habitantes. También, y en eso estaban las recientes órdenes a la marinería, parecía que la tormenta que amenazaba el poniente les pasaría de largo. Por lo tanto, y por prevenir futuros desajustes y apañar por de pronto los errores cometidos, hincó una rodilla sobre el maderamen, detuvo la maniobra, gritó a los hombres que le siguieran en el gesto, y salvo el timonel, que en estas ocasiones estaba exento de todo lo que no fuera su oficio, se dispusieron todos al rezo.

Ya fuera cuestión del más allá o cosa más terrena que, acabada la misa, los peces se dejaron recoger, se rellenaron las cajas, el mar serenóse y el timonel pudo santiguarse. Y así, sin más contratiempo se trazó la ruta y a las cuatro horas ya embocaban la entrada al puerto. Amarrado el bajel, bajaron los hombres la carga y allí mismo, en el paseo, se congregaron las gentes para la subasta, que no fue mala, y se vendió hasta el último de los peces, un bicho feo y sin nombre conocido, que fue a parar a manos del relojero, que, tras las labores de la taxidermia, a la que era aficionado, pasaría a su estudio, nominación y catálogo, ocupando en breve su lugar en una de las paredes del pequeño Museo de Marina.

Tenía este relojero fama de raro y poco amigo de charlas y bodegas. Decía haber venido del interior, donde no hay más que un río poco caudaloso y casi siempre seco, y aunque bien por la mucha humedad o el denuedo con que el salitre se guarnecía en cuadernas y engranajes, el hombre no tenía queja de penuria en sus trabajos, las gentes se prestaban a poco en su tienduca, entraban, muchos de ellos con el encargo garabateado en un papel, y salían con mayor celeridad y una voz que les perseguía, lo tendrás para el jueves, pásese esta misma tarde a eso de las cinco o mal arreglo tiene esto, consultaré con la capital, igual tardaremos más de un mes en componértelo.

Aquellos que no había manera, aquellos sin piezas de repuesto y sobre todo los que por desidia misma no se recogían, acababan en una trastienda insuficiente y cegada a la luz, o en un pequeño patio, que a la intemperie daba este cuchitril. Allí se quedaban viejos herrajes, cuerdas y agujas hasta que el mismo tiempo los acababa de desguazar o hasta que algún mocoso, azuzado por otros, quien sabe si por perder en el juego o por satisfacer una apuesta, saltaba la pequeña tapia y robaba alguno de aquellos cachivaches, feos, rotos, inservibles abortos de la ingeniería. Y que podía servirle como aval de su heroísmo y unidad probatoria de haber invadido el territorio del brujo, del extraño, del relojero.

No solía ser mucha la pervivencia del latrocinio, pues todo cansa y mucho más lo que nos parece inútil. Y bien por esa ineficacia o por frecuencia, los objetos aquellos acababan saltando la barrera del acantilado, ejerciendo ante la vista de los testigos una última curva hacia los fondos rocosos, o a los fondos marinos si había suerte y la fuerza del arrojador así lo justificaba. Y allí quedaban esperando la función absorbente del limo a no ser que algún pez extraño, de esos que carecen de nombre, asustado en sus profundidades y sus fronteras, partiese a otras alturas, intentando mezclarse con otras razas, con otra suerte de pobladores marinos, bacalaos, sardinas, jureles, entre los que causara tal espanto que, ya en las cubiertas de los pesqueros, revolucionados y esquivos, no se dejasen atrapar y tuviese que intervenir el patrón y por defecto, las buenas maneras de San Telmo.


Urceloy / agosto de 2009